Ternura química

Un científico ha declarado hace poco, seguramente con razón, que la verdadera poesía no está en los libros de versos, sino en las sutilezas y misterios de la química, que lo mismo configuran el crecimiento y la tonalidad del verde de una hoja que nuestros estados de ánimo y nuestras sensaciones. Que la poesía sea infrecuente en los libros de poesía no provoca extrañeza: que nuestra alma, que nuestros meritorios sufrimientos y entusiasmos, tan halagadoramente corroborados por la literatura, procedan no del destino ni de nuestro talento singular para el melodrama, sino de ciertas combinaciones de sustancias químicas primarias, podría ser un alivio si no resultara una humillación que no todo el mundo se decide a acatar. Días más tarde, en la misma página de divulgación científica, otro sabio dilucida irrespetuosamente los mecanismos del amor, que no es un dios ciego y díscolo ni una adivinación de esa mitad escindida de nosotros mismos que algunas veces creemos reconocer en la mirada y en el rostro de alguien a quien no habíamos visto nunca. El impulso del amor procede de una hormona que rige con secreta y arbitraria eficacia nuestro deseo y nuestro desconsuelo y puede ser inoculada en cualquiera tan fácilmente como la vacuna de la gripe: la flecha envenenada de Eros resulta ser una aguja hipodérmica a la que no son invulnerables ni las ratas blancas de los laboratorios, que una vez infectadas por ella, nos dicen, adquieren una sorprendente capacidad de ternura. Incluso la melancolía, que los antiguos atribuyeron al pesaroso influjo del planeta Saturno, parece que nos es dictada por una herencia inscrita en el código genético: desde antes de nacer hay alguien dentro de nosotros, y se va revelando por sí solo a medida que crecemos desconocido y fiel como nuestra sombra, solitario, importuno, indiferente a todo azar exterior, incapaz de esperanza o arrepentimiento, ajeno a las tentativas y a las prohibiciones de la voluntad, pero tan dócil como una planta a las severas normas de la química y de la biología.Uno va por la calle y sin explicación se le viene a la memoria una palabra o un fragmento de conversación escuchados al pasar junto a un zaguán hace veinte años, un cierto olor que lo conmueve más aún porque no sabe a qué o a quién pertenece: detrás del rostro, de la piel, de los huesos, en el interior de la pulpa rugosa y gris del cerebro, se han sucedido infinitesimales fogonazos eléctricos sacudiendo a la velocidad de la luz un laberinto arborescente de neuronas cuyos fulgores alumbran brevemente el pasado y nos permiten recordar aquello que no sabemos que estamos recordando siempre: cómo se sube una escalera, cuál es el gesto que abre una puerta, qué significa cada una de las palabras que escuchamos y decimos, cuál entre tantos sonidos es el de nuestro nombre. El viaje de una sensación desde el pasado remoto hasta la simultaneidad del presente no es menos arduo que el de la luz de una estrella que ha cruzado el universo para herir durante unas décimas de segundo la pupila de un hombre. El emperador Marco Aurelio escribió que hay un dios dentro de cada uno de nosotros: hay selvas más ingentes que las del Amazonas, hay espacios tan insondables y vacíos como los que separan entre sí a las galaxias, hay cenagosos mares de tinieblas donde dormitan reptiles, y paraísos extraviados para siempre en geografías hostiles e infiernos que nos abren sus puertas durante las pesadillas.

Pero también esos continentes, diría Pascal, nos ignoran: quien mira, quien recuerda, quien desea, es otro; quien dice “yo” es una especie de impostor, porque su reino, el de la reflexión y las decisiones, el de recuerdo voluntario, sólo se extiende sobre la superficie delgada y frágil del cerebro y nunca sabe ni se atreve a descender a sus profundidades oceánicas ni a sus grutas más hondas. Quien dice yo y quiere alzar su conciencia como una torre de orgullo sólo sabe deslizar la mirada y el tacto sobre las apariencias, sobre la superficie de la piel y los engaños de los ojos, en un territorio tan hecho de espejismos como las ciudades que ven los viajeros perdidos en el horizonte del desierto. “Yo es otro”, dice Rimbaud, no la cara o la calavera que hay detrás de la máscara… sino el laberinto selvático de las células cerebrales, la alquimia indescifrable de la materia que nos constituye, la multitud afanosa de identidades y almas que se confunden dentro de nosotros y que para simplificar o para no morirnos de temeridad y de miedo resumimos en un solo nombre, en la cuidadosa falsificación de una sola biografía. Para el doctor Henry Jekyll, que fue contemporáneo de Jack el Destripador y tal vez se, cruzó con él en sus viajes nocturnos por las calles más depravadas de Londres, todo hombre era dos hombres, leales respectivamente al bien y al mal; según algunos investigadores no menos inquietantes, dentro de nuestros cráneos se guardan tres cerebros superpuestos, el primero de un reptil, el segundo de un mamífero, el tercero de un hombre. Más imaginativamente, la Cábala asegura que cada parte de nuestro cuerpo posee un alma soberana: las manos, los oídos, la boca, los ojos, empujados por su propia voluntad singular, buscan manos y voces y labios y miradas, y la inteligencia, que creía guiarlos, comprueba que sus órdenes ya no son obedecidas, que es ella la empujada y que no sabe hacia dónde, hacia el dominio de cuál de las almas en las que continuamente se desdobla. “Yo no pinto con la cabeza”, me dice un pintor en su estudio, “es mi mano sola la que pinta”. A veces nos desconcierta en los espejos casuales el brillo desconocido del alma de nuestros propios ojos, y nuestros labios recuerdan sensaciones que nosotros hemos olvidado. Inútilmente decide alguien concluir el suplicio de un amor que sigue durando a pesar de la razón y del desengaño: tal vez el alma de su piel o la de su deseo se niegan a renunciar y a obedecer, tal vez una glándula cuya existencia desconocerá siempre continúe segregando una sustancia química tan envenenadora como el licor que bebieron inadvertidamente Tristán e Isolda. “Mi nombre es multitud”, debiéramos contestar con recelosa prudencia cuando nos preguntaran, o mejor aún, como Ulises: “Mi nombre es Nadie”.

Uno cualquiera, nadie, yo mismo, los diez dedos que pulsan con velocidad automática un sigiloso teclado, escribe estas palabras. Un corazón late solo mientras tanto, dos ojos perciben formas y colores que en menos de una décima de segundo se transmutan en los objetos conocidos de una habitación, una brisa muy débil estremece ligeramente las cortinas de la ventana abierta y entonces algo mínimo y prodigioso sucede, una efusión inmediata de entusiasmo, inocencia y ternura, un cataclismo de reacciones químicas y secretos relámpagos que se confabulan para erigir una vez más, en el puro presente, desde el fondo del olvido y del tiempo, en un espacio libre del dolor de la identidad y de las falsificaciones de la memoria consciente y de la literatura, el olor exacto de una noche de verano.

Ternura química forma parte del volumen de artículos periodísticos Las apariencias, del escritor Antonio Muñoz Molina, publicado por Alfaguara. Los resaltados en verde son míos.

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Weyland-Yutani Corporation: "Building better worlds"
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