Opiniones desde la caverna (y 2)

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A continuación, el artículo de Mario Vargas Llosa El honesto embaucador, publicado en el diario El País (elpais.com) el pasado domingo 17 de junio (los resaltados son míos):

A diferencia de dos exposiciones dedicadas a Picasso en Londres  –una, en la Tate Britain, documentando su influencia sobre el arte moderno en el Reino Unido y la segunda, en el Museo Británico, con la edición completa de la Suite Vollard-, a las que se podía entrar sin demora por el limitado número de visitantes, para acceder a la gran retrospectiva consagrada en la Tate Modern a la obra de Damien Hirst, tuve que hacer una cola de tres cuartos de hora.

No sólo la abundancia de público llamaba la atención; también, el gran número de jóvenes y de parejas, algunas con niños en los brazos. Los pequeños la pasaban bastante bien en las salas de la muestra. Se divertían mucho con el revoloteo de las moscas en la urna de cristal donde reposa la cabeza sangrante de una vaca (Mil años 1990) y todavía más en la instalación llamada Dentro y fuera del amor, un cuarto artificialmente humidificado con mariposas vivas, cuencos de frutas, superficies blancas y cajones con flores. Pero a algunos de estos precoces aficionados los asustaron los corderos y las reses seccionados quirúrgicamente y los tiburones dientudos conservados en formol; a veces rompían en llanto.

La exposición misma no tenía mayor interés, salvo desde el punto de vista sociológico, pues resultaba sumamente instructivo espiar las reacciones de los visitantes ante los objetos que la poblaban. La mayor parte hacía un esfuerzo visible por descubrir, detrás o dentro de los anaqueles atiborrados de remedios, pinzas, tijeras, espátulas, guantes elásticos, órganos en yeso, o en las bolitas y globos suspendidos en el aire por el soplido de una secadora de pelo o el ventilador de una caja de colores chillones, la idea, la razón, la propuesta intelectual o estética, el misterio que confiriese a semejantes materiales algo que justificara la admiración, el respeto, o, por lo menos, la curiosidad del público. Muchos no podían ocultar su decepción, pero la disimulaban, con comentarios que rehuían lo primordial y se aferraban a lo adventicio: “¿El dispositivo será mecánico o eléctrico?”, “¿Deberán cambiar el formol cada cierto tiempo o durará toda la eternidad?”). Los más osados se atrevían a sonreír o a reírse abiertamente de lo que veían, como diciendo, entre guiños: “De un artista puede esperarse cualquier cosa, ya lo sabemos”.

Los que se han tomado muy en serio aquello que allí se exhibía son, claro está, la comisaria de la exposición, Ann Gallagher, sus colaboradores y la media docena de autores de los ensayos del catálogo que la acompaña. El verdadero embauco está en esas páginas y, sobre todo, si los críticos se creen lo que firman. En síntesis, para entender cabalmente lo que Damien Hirst (o, más bien, los operarios de su taller) fabrican, hay que moverse con desenvoltura en una galaxia donde rutilan Immanuel Kant y Sigmund Freud, las complejidades de la Anatomía, la Farmacopea, la industria proveedora de instrumental clínico para los hospitales, Marcel Duchamp, Francis Bacon, Kurt Schwitters, las técnicas de la publicidad de la empresa Saatchi, los secretos del tallado de diamantes y las filosofías y teologías relacionadas con la muerte. Uno de ellos revela, como un dato de capital importancia, que en los primeros “gabinetes médicos” que concibió Hirst en los años ochenta, los remedios y pastillas que figuraban en sus repisas, procedían todos de las recetas de su abuela enferma, a quien el artista quería mucho.

A juzgar por la entrevista que concedió Damien Hirst a Nicholas Serota y que aparece en el catálogo, el artista que, según la señora Ann Gallagher, “ha impregnado más la conciencia cultural de su tiempo”, no tiene en gran estima a sus admiradores, ni tampoco al arte que practica, ni trata de dar seriedad y dignidad a sus creaciones mediante anfibológicas referencias culturales o poniéndose bajo el ala protectora de imponentes pensadores o artistas. Por el contrario, habla de su trayectoria con una desarmante sinceridad, explicando, en cierto modo, la elección de sus opciones artísticas en función de sus carencias y limitaciones. Hubiera querido ser pintor pero advirtió que pintaba muy mal y optó por los collages en los que se sentía menos deficiente. Cuando descubrió el arte conceptual, el surrealismo y el minimalismo, todo mezclado, entendió que había un camino –el del gesto, el desplante y el espectáculo- en el que él podía superar sus defectos e, incluso, triunfar.

Uno de sus méritos es haber demostrado que en nuestra época se puede ser un artista, incluso de gran prestigio, sin demostrar destreza alguna en lo que se refiere a pintar o esculpir, simplemente haciendo lo que todavía no se ha hecho, y procurando que haya en esto algo novedoso y llamativo, que, sin significar ruptura o rechazo radical de una tradición, lo parezca. Cuando Hirst habla de los pintores que, cree, han ejercido una influencia sobre él, como Sol LeWitt o Naum Gabo, e incluso Francis Bacon, no se refiere para nada a sus méritos estrictamente plásticos, sino a sus actitudes y posturas, a que añadieron al territorio del arte lo que antes de ellos no era ni podía ser considerado “artístico”.

A diferencia de sus enrevesados y tramposos críticos, que dan a su persona y a sus obras unos baños delirantes de empaque y dignidad intelectual, estética y filosófica, Damien Hirst parece bastante consciente de la extraordinaria superchería en que se ha convertido hoy, para muchos, el oficio que practica. Él no pretende disimularlo, sólo aprovecharlo: lo acepta tal como es y saca de ello todas las ventajas posibles.

No es exagerado decir que se trata de un honesto embaucador, que, en un mundo en el que ahora todo vale, donde el auténtico talento y el funambulismo andan confundidos, él pasa sus mercancías por lo que verdaderamente son, sin escrúpulos ni pretensiones, dejando que se ocupen de envolverlos en argumentos y justificaciones de densa tiniebla y especiosa dialéctica, esos críticos, galeristas y marchantes que, como los publicistas alquimistas de Saatchi, saben convertir todo lo que brilla en oro, vender gato por liebre e imponer su propia tabla de valores y de jerarquías en medio de la confusión que ha reemplazado las viejas certidumbres y patrones estéticos.

No faltará quien recuerde que, a lo largo de la historia, no sólo el arte, toda la cultura ha estado siempre hospedando en su seno a embaucadores de rauda figuración y que sólo con la discriminación que ejerce el tiempo, retornaron luego al anonimato del que nunca debieron salir, alejándose por fin de los auténticos creadores a quienes, por la ceguera de sus contemporáneos, llegaron a hacer sombra. Eso es cierto. Pero no creo que nunca en la historia del arte haya habido nadie como Damien Hirst, desprovisto del más elemental talento y originalidad, que, en vez de disimular esta condición, la exhibe en todo lo que hace con perfecta desfachatez, y haya conseguido pese a ello escalar todos los peldaños de la consideración del establishment (la bibliografía que le está dedicada es abrumadora) hasta llegar a ser requerido por instituciones como la Tate Modern y los museos más importantes del mundo.

Su éxito económico está a la altura, y acaso supera, el artístico. En octubre de 2004 vendió, a través de Sotheby’s, su Pharmacy de Notting Hill por unos 15 millones de dólares, y en septiembre de 2008 el remate que hizo, prescindiendo de galeristas y marchantes, siempre a través de Sotheby’s, de 244 nuevas obras obtuvo la astronómica suma de 111 millones y medio de libras esterlinas (es decir, más de 150 millones de dólares). Lo que significa que Damien Hirst es acaso el más caro artista vivo de nuestro tiempo.

¿Su futuro está garantizado? Si todo dependiera del mercado del arte, sin duda. Pero, ¡ay!, advierto una amenaza en el porvenir de este Rastignac de la pintura del siglo XXI: la poderosísima Real Sociedad Protectora de Animales del Reino Unido. Auguro que los severos inspectores de esta institución no dejarán pasar impune el sacrificio de las decenas de millares de gráciles mariposas, a las que el artista mató, con el agravante de arrancarles las alas, para engalanar Enlightenmenty una serie de sus cuadros, ni el genocidio de millones de moscas inocentes para empastelar con ellas la masa viscosa que recubre su famoso Sol Negro. No es imposible que la Real Sociedad Protectora de Animales ponga fin, o cause un serio quebranto, a la flamígera carrera del muchacho de Leeds que comenzó a hacer arte a los 16 años fotografiándose junto a la cabeza seccionada de un cadáver en la morgue de su ciudad natal.

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8 respuestas a Opiniones desde la caverna (y 2)

  1. Jose Sierra dijo:

    Este articulo-opinion de Vargas Llosa muestra lo desconectado y lo obsoleto de su pensamiento en relacion al ARTE ACTUAL seria bueno que Vargas Llosa estudiase mas la materia y se diera unas vueltas por las 10 vienales mundiales mas importantes de Arte. Quizas asi obtenga algo de informacion, luz y entendimiento.

    • bishop2 dijo:

      El artículo de Vargas Llosa no es una crítica al arte actual, sino al señor Damien Hirst; otra cosa es que usted considere que el señor HIrst posee talento como Bacon, Rothko o Barceló. Vargas Llosa dice que el arte actual se ha convertido en un todo vale. Con esta afirmación estoy totalmente de acuerdo. Otra cosa es que, por supuesto, en este chiringuito de mercaderes y espabilados coexistan impostores con verdaderos artistas, estos últimos haberlos haylos, y muchos. Pienso que una crítica al artículo de Vargas Llosa se merece, al menos, la matización. Gracias por su comentario.

      • Jose Sierra dijo:

        Pues resulta ser que basta leer a los curadores y criticos de arte y aunque no unanimemente el señor Hirst esta considerado un artista. Yo no podria decirle si a la altura de Bacon o Barcelo, pero si con ellos y con muchos mas, tal cosa la podra ver no solo en el historico britanico, aun con las criticas demoledoras, que no la mayoria, a la obra de Hirst. Quizas el mejor lugar para entender lo que ocurre en el Arte Actual es investigar y ver las OBRAS del enorme arcoiris de artistas que participan frecuentemente en las mas importantes muestras y vienales del mundo, personalmente le recomiendo pasearse por las ultimas muestras de la archifamosa KASSEL.Vargas Llosa no solo habla de Hirst como cuestionado artista, literalmente se burla de que ESO que hace Hirst sea arte y ello es algo asi como descontextualizar la obra. Se me ocurre que si Vargas Llosa hubiese visto en persona y en su epoca el famoso URINARIO de Ducham seguramente hubiese escrito algo parecido del artista… claro, en funcion de haber presentado tamaña estupidez en la sala, valgame Dios como puede considerarse artista alguien que hace esto.
        Referente a la matizacion que supones requiere de mi parte la critica de Vargas Llosa, acepto la falta pero precisamente quizas por el no haberla matizado y haber prendido el ventilador basado en su concepcion estrecha es por lo que lo hice.
        Gracias por el espacio.

      • bishop2 dijo:

        Bueno, dices que personas eminentes afirman que Hirst es un (gran) artista. Eso no es argumento: eminentes médicos se rieron de Pasteur, eminentes críticos se escandalizaron de los primeros impresionistas. La apelación a la autoridad es muy peligrosa en cuestiones estéticas. A mí, desde mi modesta posición de aficionado al arte, es que un tiburón metido en formol no me dice nada, ni siquiera una calavera recubierta de brillantes que el señor Hirst encargó a unos joyeros. No es que piense que su obra es mala porque escandaliza o choca: es que pienso que carece de un destacable valor estético, como tampoco me gustan nada muchos de los realistas de ahora que tan de moda están en Internet, sobre todo en páginas rusas, que me parecen cursis y adocenados. Hirst me parece un adocenado que escandaliza haciendo cosas chocantes. Nada más. Es que me carga que la obra artística pretenda justificarse con un discurso añadido, ajeno a la propia belleza (entiendo aquí por belleza emoción). La obra emociona o no, y punto. Y a mí lo de este señor no me emociona, y además como no como de lo que haga o no haga, pues no me importa decirlo. Seguramente en un cóctel en la Tate Modern me pasarían a cuchillo (es un decir).Saludos.

  2. José Sierra dijo:

    Creo que de seguir entraremos en un círculo improductivo; sin embargo, a los fines de la precisión antes que fundamentarme en la autoridad, personalmente considero a Hirst un artista, cosa que Vargas Llosa, irrespetuosamente, no hace (quizas al confundirse con sus gustos).
    En relación a la autoridad es interesante que arrimes la llama a tu conveniencia pues bien podría referirse como argumento a ambas posiciones.
    Pienso que el ARTE esta más allá de nuestra capacidad de entendimiento sensible y de gustos, con lo que a simple vista parecería que la “emoción” que tu usas como termometro para medir una obra sería un rasero adecuado, esto mientras la obra “X” no choque con un espiritu o espíritus que no se emocionen frente a ella aunque otros, sin importar mayoría o minoría, si lo hagan (el jurado de los impresionistas que nombras, los críticos del urinario de Ducham o del “salpicadero” de Pollack y un muy largo etcétera) entonces ¿Qué hacer?
    … y peor aún si el personaje que no se emociona ante ella, es un archifamoso, un peso pesado de la literatura que dejandose llevar por sus emociones literalmente vomita sobre el artista y su obra.
    Dejo seguidamente otra interesante opinión aparecida en un prestigioso diario venezolano al día siguiente de lo publicado por El País, de España.
    TalCual, lunes 18/06/2012. Fernando Rodriguez en la columna Cultura para Armar bajo el titulo: Vargas Llosa, Duchamp y el mercado.
    Vargas Llosa publicó ayer en El País un encendido artículo contra la aclamada exposición de Damien Hirst en la Tate Modern de Londres que, al parecer, ha dejado con poco público a muy ilustres competidoras.
    Hirst es el caballero que expone tiburones metidos en pastas transparentes, calaveras llenas de brillantes auténticos, mamíferos disecados, estantes de farmacias, mariposas vivas, hormigas comiendo carne podrida y otras rarezas. Es además, apunta Vargas Llosa, posiblemente el artista contemporáneo que vende mejor en este mundo.
    Como es de suponer el Nobel embiste con los vituperios que repite desde hace mucho contra la mayoría de las propuestas vanguardistas: falta de oficio y destreza, la novedad por la novedad, ausencia de sentido, cinismo. Todo lo cual forma parte de una posición que va redondeando en torno a la banalidad e impostura de la cultura actual, con todo y sus artefactos comunicacionales de punta.
    Por supuesto no es cuestión de discutir sobre la obra de Hirst y otros artistas similares, lo que interesa es la actitud bastante conservadora del peruano ante cualquier cosa que suene a ruptura cultural. Lo cual, seguramente, le permite detectar ciertas imposturas pero igualmente lo ciega ante auténticas innovaciones.
    Pero en todo caso alude a un tema muy importante de nuestros días, el de la valoración de obras que se mueven en un universo temático y formal tan amplio que evoca una suerte de Babel donde es difícil encontrar códigos comunes de alguna extensión (Umberto Eco).
    Lo que es curioso en el análisis de Vargas Llosa es la omisión de un factor determinante en todo esto, el mercado y sus mecanismos publicitarios poderosísimos.
    El mismo que favorece tan generosamente a su obra, más bien convencional. Marcel Duchamp es quizás uno de los más grandes sacudimientos telúricos en la historia del arte: mostró con sus ready-made, en especial su urinario, que todo podía ser arte, que éste dependía más de la tematización del espectador que de su inscripción en ciertas maneras y códigos museísticos.
    Y lo fue no sólo por la gigantesca influencia que ha tenido en su posteridad: todas las formas del arte objetual (por ejemplo, Hirst), el performance, el pop, el arte pobre… sino porque puso en cuestión el concepto mismo de obra de arte. Agreguemos que con una lucidez teórica y estética realmente admirable.
    Lo que sí no previó claramente, lo hizo en buena medida, es que el “museo”, el mercado, podría adaptarse a la caída de sus muros y convertir esas obras de la realidad ilimitada en mercancías, bastante difíciles de valorar ciertamente y por ende muy fáciles de mercadear con medios eficientes.
    ¿Por qué se le olvida el mercado, el capitalismo, al quejumbroso escritor si es el ejecutor esencial de esos engaños que tanto lo irritan? ¿No será que el apologeta del liberalismo más puro y duro no puede reconocer en elmecanismo fundamental del sistema, en sus mass media, entre otras cosas, muchas de las causas de esa pérdida de trascendencia de las artes y el pensamiento que denuncia con furor? Un crítico algo cegato de un mundo que lo trata de maravilla.

    Saludos.

  3. bishop2 dijo:

    Sí, creo que podríamos tirarnos así toda la vida… :)

    Respecto a lo que dice Fernando Rodríguez en su columna sobre el mercado, completamente de acuerdo. Es el mercado (o sea, el aparato para la obtención de capital) el primer interesado en el todo vale y en colocar lo que sea. Yo, modestamente, no me considero ningún académico, quiero decir, me parece fundamental que haya “rupturas” en el arte. Lo que pasa es que romper con el pasado, por sí solo no garantiza hacer algo importante. No por levantar mucho la voz se canta bien.

    Como esto de los gustos artísticos es algo muy alejado del 2+2=4, no podemos llegar a afirmaciones definitivas sobre qué vale y qué no vale. Pero tengo muy claro que sin emoción estética, sin inquietud, no hay obra de arte. Y que una obra de arte no necesita un volumen de explicaciones para justificarla, que se justifica por sí sola. Y bueno, que me da igual quién sea Vargas Llosa y sus opiniones políticas cuando dice lo que dice. Y por favor, sobre todo que alguien me explique por qué conmueve el tiburón en formol de Hirst , porque en mis cortas luces todavía no me he enterado y me gustaría saberlo para disfrutarlo. Pero que me lo expliquen en plan sencillito, sin piruetas. Saludos.

  4. Irea dijo:

    En mi modesta opinión, artista es todo aquél que consigue conectar con el espectador a través del lenguaje universal de la emoción sin necesidad de tratados enciclopédicos que expliquen su obra (que está bien que los haya para quienes pretendan profundizar en ella). Sinceramente, pienso que a Damien Hirst esa calificación le viene muy grande.

    Sí a las verdaderas vanguardias artísticas y no a las mamarrachadas y adefesios que determinados mercaderes pretenden colarnos por arte.

    • bishop2 dijo:

      Estoy de acuerdo, Irea. La belleza en sus innumerables formas, la emoción, no son prescindibles en el arte. Sin ellas podemos tener un discurso más o menos complejo, un epatar, o simplemente una tomadura de pelo, pero no será arte. Muy hermosa su página, la agrego a mis libros de arte de la estantería :-) ,gracias por la visita.

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